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martes, 25 de febrero de 2020

Los espíritus penan en la antigua cárcel municipal



Fue el primer edificio de hormigón armado que se construyó en Guayaquil en 1886, se incendió en 1896 y lo reconstruyeron entre 1902 y 1905 (es un edificio patrimonial actualmente); nadie quiere entrar ahí porque aseguran que penan.

Muchas personas de la vieja guardia, recuerdan el lugar porque ahí pagaron sus condenas avezados delincuentes, que llenaron las páginas de las crónicas rojas de los matutinos y vespertinos: Víctor González Navarro, el Comemuertos, que profanaba tumbas en el Cementerio General; Enrique Lituma, el Hombre rata, famoso por cavar largos túneles para tratar de escapar o robar en los locales comerciales; Samuel Álvarez Guerrero, Chico silencio, hábil para vengarse con el cuchillo o robar.



Muchos vecinos del lugar del terror manifiestan que los espíritus penan porque se oyen gritos desgarradores, quejas, llantos… Lo corrobora el interesante ensayo Celda Carcelaria, del periodista Justino Cornejo, que en 1953 investigó los horrores de esa prisión y, además lo que le contaron los presos acerca de los asesinados que penaban: “Aparece un personaje y cuando uno se acerca se esfuma”, “A mí me cayó cierta noche un muerto encima”, “Muchas veces hemos oído a Enrique después de que lo mataron a puñaladas en una celda” … La gente del pueblo siempre ha creído en apariciones de muertos.



En estos tiempos, han tratado de darle vida a la muerta cárcel municipal con proyectos que luego abandonaron. Intentaron crear un hotel para que se alojaran los familiares de los enfermos que se asilan en el Hospital Luis Vernaza, pero todo quedó en ofrecimientos; parecieran que temen a los espíritus que penan aún.



viernes, 15 de noviembre de 2019

Tarzán, el comemuertos


Un caballero comprobó cierto día que el costoso anillo con el que sepultó el padre estaba en venta en una joyería. Poco después, una señora se estremeció al encontrar colgado en una casa de compra y venta el vestido de novia que le puso a la hija para el velatorio y con el que la sepultó.

Las dos denuncias inquietaron al comandante de la Policía, Manuel Carbo Paredes, para montar guardia durante varias noches en el Cementerio General de Guayaquil… el comemuertos cayó. Se llamaba Víctor González Navarro, alias Tarzán. Reconoció que había imitado a algunos individuos que desde mucho tiempo profanaban tumbas. Confesó que aprendió de los panteoneros Benito Suárez y Manuel Santos Delgado. La prensa destacó el hecho el 25 de marzo de 1941.

El hermano menor de Tarzán era el encargado de escoger las bóvedas para abrirlas y robar. La madre era obligada a lavar y luego planchar la ropa de los muertos para que la conviviente, María Chonillo, las llevaba a empeñar o vender; formaron una empresa delictiva.

Tarzán acostumbraba vestir elegantemente, pues usaba los trajes de los muertos que le quedaran a la medida; en la casa escondía varios cráneos.

Entraba borracho al cementerio, imaginaba que los muertos le salían al paso para evitar que les robara. Declaró que los insultaba y ejecutaba movimientos amenazantes para que no lo molestaran.

Las personas que visitaban la vieja Cárcel Municipal de la calle Julián Coronel le pagaban un sucre a Tarzán para conocerlo; lo encontraban con su cara larga y su boca desdentada entre las rejas. 

La profanación de tumbas al estilo de Tarzán y su empresa continúa; cada cierto tiempo sucede en los barrios suburbanos y pueblos aledaños a las ciudades.


“El chivo expiatorio”

  Decenas de veces he oído la expresión “El chivo expiatorio”, pero confieso que no me había percatado de cuál es su origen; pues bien, la...