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viernes, 27 de noviembre de 2020

El microtraficante arrepentido

 


Guacho, un microtraficante cuyo apellido no vamos a escribir aquí, decidió ingresar en el fatal negocio del microtráfico porque según él estaba sin hacer nada en la vida, pues no logró entrar a la universidad ni encontró trabajo. Con el estómago vacío se olvidó de la ética y los panas del barrio lo convencieron para vender droga a la entrada y salida de los colegios, barrios, discotecas, universidades.

Ganó dinero para vestirse bien y disimular. Se divertía en las discotecas inhalando cocaína, bailando y enamorando a la chica de su predilección. Se enamoró perdidamente de una compañera de negocio, Anita, alta trigueña de cuerpo cimbreante, admirada por su belleza. Pero la felicidad en la vida de los microtraficantes dura poco. Cayó en cana. Ahí supo cómo cantaba Daniel Santos que “los amigos son extraños y se olvida la humanidad”. En las visitas a la penitenciaría, Anita se enamoró de un guardia y dejó a Guacho.

Solo con su soledad, sobreviviendo entre ratas, reflexionó que “querer es poder”. Juró y rejuró que cuando saliera de la cárcel no iba a vender droga. Lo cumplió, aunque la banda lo amenazaba con matarlo.  Decidió dejarse crecer la barba para no ser reconocido y viajó a algún rincón del país, donde ahora vive tranquilo desempeñando cualquier trabajo honrado que logra.

miércoles, 13 de noviembre de 2019

Las apariencias engañan a los taxistas




Josué detuvo su taxi ante el llamado de dos jóvenes que le pidieron que los llevara al Hospital del Instituto Ecuatoriano de Seguridad social, IESS, a visitar a un tío que se encontraba gravemente enfermo. Le suplicaron que los esperara 10 minutos porque seguramente se trataba de un caso de muerte y tenían que dar aviso a los familiares.

Regresaron sin demora, los jóvenes, muy apesadumbrados y expresaron que los condujera a un callejón del Guasmo Sur, donde les iban a proporcionar el dinero para pagar los funerales… El conmovido y confiado taxista perdió el carro, el dinero del diario y hasta los pantalones porque los hábiles ladrones lo dejaron en calzoncillos, amarrado de pies y manos y con esparadrapos en la boca.

lunes, 11 de noviembre de 2019

Decían que la virginidad producía cáncer


Los compañeros de colegio de la ingenua Narcisa la habían convencido de que la virginidad producía cáncer, por tanto, debía tener relaciones sexuales lo más pronto posible. La oportunidad se le presentó cuando su hermana mayor, Nancy, la sacó de casa con permiso de mamá para que la acompañara al centro de la ciudad.



En verdad iba a verse con un enamorado, que estaba acompañado de un amigo. Entonces cada pareja entró en un dormitorio y Narcisa perdió la virginidad con quien después de muchos encuentros amorosas no quiso casarse.

Después vino el amor con joven trigueño y fuerte que creyendo que Narcisa era virgen deseaba casarse. La chica no tenía dinero para una de las acostumbradas microcirugías que la dejaban nuevamente virgen. Hasta que la chispa se le prendió: invitó a su enamorado a la playa y ahí al vaivén de las olas tranquilas sedujo a Marcos para que la poseyera. Y fueron felices porque bajo el agua pensó que la había desflorado.

lunes, 4 de noviembre de 2019

Velasco Ibarra murió por amor a Corita


“El gran ausente” de la política ecuatoriana, José María Velasco Ibarra, cinco veces presidente de la República, retornó a Quito el 15 de febrero de 1979 con el cadáver de su esposa Corina Parral, procedente de Buenos Aires donde residían, a “meditar y a morir”. El carismático líder era la premonición de la muerte.

Velasco Ibarra y Corina Parral


La muerte de Corita, como Velasco llamaba a su esposa, lo abrumó, aturdió, asombró. Hablaba constantemente del amor y la muerte.

El amor para el expresidente era “soñar y supervivir”. El amor de estos esposos supervivió porque siempre se comprendieron, eran una sola vida y un solo corazón; José María apoyó las ilusiones artísticas y literarias de Corita y ella la actividad política y de escritor de su esposo; no ambicionaron riquezas, querían ser y no tener, es decir servir, vivieron pobremente, pero con dignidad, constituyeron un ejemplo como pareja para los ecuatorianos.

Corita manifestaba que José María era todo bondad, caballeroso, noble, profundo, genial; José María la calificó como mujer de corazón y mente divinos, amor leal, valiente.

El morir para el prominente político era “vivir para siempre”; en los últimos días de “viejo huérfano”, como se autocalificó, se negó a comer; tuvo a su esposa en el pensamiento hasta el último instante. “Haga rezar por Corita, padre”, le decía repetidamente al sacerdote Tipán, que lo asistió espiritualmente.

Falleció en Quito el 30 de marzo de 1979, sus restos están enterrados en el cementerio de San Diego, en Quito, junto a los de su esposa. Juntos en la vida y en el más allá. Negaba que existiera la muerte porque “el amor ilumina la vida y transforma la muerte en resurrección”; ella murió al bajar de un colectivo, él murió de amor.

“El chivo expiatorio”

  Decenas de veces he oído la expresión “El chivo expiatorio”, pero confieso que no me había percatado de cuál es su origen; pues bien, la...